
La segunda travesía a cabo Froward, año 1985, es también mi segunda travesía. El numeroso curso de estudiantes de diseño y arquitectura las emprende un día de octubre en pos de ese lejano punto en el extremo sur del continente. Una frontera donde todo territorio al sur de este punto es insular. Esta vez la travesía era terrestre. Cerca del mediodía salimos de la Escuela ubicada en Recreo. Viña del Mar con destino a Mendoza en dos buses que llevarían cerca de 80 alumnos y profesores a través de la pampa argentina. Durante cuatro días con sus noches cruzaríamos la planicie enlazando los puntos invisibles de las ciudades perdidas como islas del mar interior. Mendoza, Santa Rosa, Trelew, Comodoro Rivadavia y Río Gallegos hasta llegar a la frontera que bordea el estrecho de Magallanes, Monte Aymond.
El cruce a territorio nacional a través del serpenteante camino que bordea el estrecho deja en evidencia la situación política de la época. Los campos minados y las casamatas antitanque que aparecían cada cierto tramo en la franja costera entre el camino y la orilla del mar daban cuenta del eventual conflicto bélico entre Chile y Argentina por el diferendo del Beagle. En Punta Arenas nos recibe extraordinariamente el sol y el viento.
Algunos días en Punta Arenas, dos tal vez antes de partir a Cabo Froward nos permiten conocer la ciudad y particularmente su cementerio. Este cementerio de antigua data guarda en su tumbas no solo los restos de los colonos si no un pasado de esplendor económico reflejado en la arquitectura de los mausoleos y jardines.
Por la tarde del tercer día nos embarcamos en la Barcaza Rancagua, barco de transporte de la Armada que hacia media noche zarpa con rumbo oeste (hacia el Pacífico) desde el puerto de Punta Arenas. A diferencia del viaje anterior, la arquitectura de la embarcación permitía una numerosa dotación y la posibilidad acomodarnos ordenadamente en literas.
Después de cenar en el comedor en compañía de los tripulantes nos recogemos a los camarotes temprano ya que el arribo a la cuadra de Froward se esperaba para la madrugada.
El desembarco se realizaría en botes zodiac, sin embargo la ventisca y la aún oscura mañana no permitió el desembarco inmediato.
Las maniobras se hicieron con presteza marinera en medio de la persistente y fría llovizna de aguanieve. Dos marinos nos acompañaban en los zodiac. El timonel, encargado del motor fuera de borda y de conducir el bote; y el “auriga” que se mantenía de pie en la proa del zodiac levantando esta con unas “riendas” para enfrentar de mejor manera las olas. Esta tarea demoró varias horas, el desembarco fue en grupos pequeños, además había que desembarcar el material de campamento y el de construcción de las obras. Finalmente quedamos a los pies del cabo en medio del bosque nativo dedicados a la construcción del campamento y al desarrollo de las tareas previamente asignadas. El día fue extremo. Extremadamente largo, extremadamente frío, extremadamente húmedo y extremadamente agotador, solo detuvimos nuestra faena para alimentarnos, desayunar, almorzar y una once casi al final para luego retirarse a las carpas.

El cobijo Hay que señalar que hacer de este bosque un espacio habitable no fue sencillo. La humedad del lugar en la que el suelo es un permanente lodazal hacía difícil, inseguro y a veces infructuoso el emplazamiento de una carpa que cumple la mínima función de habitáculo y lecho. Debimos aislar el suelo vegetal del piso de la carpa con una plataforma de varas cortadas de los mismos árboles.
Diseño de objetos había fabricado lámparas portables realizadas con un reflector de latón y una pantalla de vidrio e iluminadas por una vela, las que duraron muy poco tiempo. La diferencia de temperatura que se producía al interior del espacio de la lámpara y sobre la superficie del vidrio en su cara externa terminaba por trizar el vidrio y finalmente quebrarlo. Sin contar las que se rompieron por golpes y caídas.
Por la noche la temperatura bajaba con facilidad a dos o tres grados bajo cero, con el correr de las noches comprendimos que dormir amontonados garantizaba conciliar el sueño. Algunos que se aventuraron a dormir solos en carpas pequeñas las primeras noches no lograrían dormir o peor aún corrieron el peligroso riesgo de entumirse.
Durante el día, las tareas del campamento eran variadas. Es en esas circunstancias se entiende que el campamento debe funcionar como una máquina. La cocina, el fuego, la carpa, los baños, el lavadero, la limpieza, los turnos de trabajo y de descanso. El espacio para la observación y para la reflexión.

El vía crucis Creo que pocos sabían que el derrotero que llevaba a la cima del Cabo Froward era un vía curcis de varios kilómetros, dos o tres, trazado alguna vez por sacerdotes Salesianos. La pendiente era escarpada y difícil a momentos. Un grupo de avanzada había subido un día antes junto a Juan Baixas, arquitecto y profesor para asegurar cierta fiabilidad de la ruta. No obstante la ropa o zapatos no del todo adecuados atentaban en contra de la eficiente marcha. El sendero de piedra a veces cubierto por la turba magallánica conspira aun más contra el ánimo y el objetivo de hacer obra. Llevar materiales de construcción, herramientas por este vía crucis connotaba cierto dramatismo de este inesperado calvario.
En la cima del Cabo, yacían dos cruces, una de hormigón y otra construida con un riel de ferrocarril. Ambas tumbadas por el viento de las tormentas que azotan el Cabo en los inviernos. En esa oportunidad hacemos un levantamiento simbólico de una cruz de madera de unos 6 metros de altura, y es el instante en el capto con mi cámara una de las fotografías más significativas y simbólicas de esta travesía. En ese momento un barco que pasaba por el estrecho hace sonar sus sirenas y lanza una bengala de saludo. Un instante que no estaba en el cálculo de la obra de arquitectos y diseñadores, tiene que ver con el contexto humano, sensible y claramente emotivo. La transfiguración del acto de erigir y de habitar lo inhabitado.

Cámaras entumecidas Mi tarea concreta en este viaje era encargarme de la fotografía junto a otros compañeros que contaban con cámaras réflex. Muchas de ellas dejaron de funcionar por el frío extremo de la noche. Yo dormía con mi cámara evitando así la descarga de su batería y asegurándome no se condensara la humedad. En una de las sucesivas subidas a la cima del Cabo un breve accidente me hace sentir el entumecimiento. Bajo la turba, en una grieta que escondía agua de deshielo, metí mi pierna derecha completa; afortunadamente sin consecuencias, salvo la de permanecer mojado por un tiempo. Al llegar a la cima el sol permitió secar la bota, las calcetas y mi pantalón, sin embargo mi pierna se enfrió al contacto con el aire helado y mis manos también al estrujar la ropa. La sensación es extraña. Es la negación de esta. No hay dolor, ni temperatura, no hay respuesta. Los miembros no responden ni a la orden ni al deseo de hacer algo, solo el masaje constante logra activar la circulación que luego permite la reacción torpe al inicio hasta la vuelta a la normalidad muchos minutos después. Intentaba tomar fotografías pero mis dedos eran incapaces de apretar el obturador o mover la palanca para el paso de la película. Mis manos como dos ladrillos pesados estaban inertes e inmóviles. Pensé en lo que podría ser caer al agua fría del estrecho. Si alcanzas a activar el chaleco salvavidas tal vez sobrevivas unos minutos, de lo contrario el cuerpo como un plomo se irá al fondo sin posibilidad alguna de ejecutar movimiento.

Sobre la cima del Cabo instalamos el trazo gráfico sugerido por Pancho Méndez, arquitecto, pintor y profesor de nuestro taller. Este trazo realizado con láminas de metal algunas de ellas pintadas con esmalte cortaba la textura natural de la cumbre. Este artificio que colgaba por el acantilado y que seguramente se podía distinguir a distancia por cualquier navegante que tomaba la ruta del Cabo. Ese trazo también llamó la atención de la cóndor que anidaba en el acantilado. Una soleada tarde antes de descolgar por la ladera esta estructura gráfica y mientras le dábamos los últimos toques de pintura. La cóndor notoriamente hembra; sin cresta ni collar de plumas, elevó su vuelo desde la pared del precipicio y en un mirar curioso realizó varios pasadas razantes sobre nosotros mientras pintábamos. Bajando a no más de diez metros, los colores, los brillos y nuestros trajes amarillos deben haber llamado su atención. En el último sobrevuelo planeó contra el viento majestuosamente moviendo sutilmente los timones de sus alas negras; casi detenida giraba su cabeza. Nosotros detuvimos nuestra pintura para mirar ese instante. Asombro y maravilla por sentir que de alguna manera esa enorme pájara salvaje nos señalaba con su gesto la hegemonía y cierta benevolencia de la naturaleza para con nosotros, tímidos navegantes en estas cumbres, en este mar incierto.

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Gran experiencia e inolvidable... Yo estoy en Punta Arenas y no puedo dejar pasar la oportunidad de hacer este viaje, pero lo hare a pies.... muy buen relato y fotos.
Excelente travesía, buena suerte y espero después ver fotografías y comentarios en alguna página tuya.