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Mateo Valderrama

Después del fin del Arte ¿Qué...? Algunas reflexiones sobre el texto de Arthur Danto.

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Brillo Box de Andy Warhol. Exhibida en 1964 en la Stable Gallery de Manhattan.

Introducción

El título del libro del profesor de filosofía de la Universidad de Columbia y crítico de arte Arthur Danto, Después del fin del arte. El arte contemporáneo y el linde de la historia; parece intimidante, casi como una sentencia apocalíptica de esas que hablan del fin del mundo en una fecha próxima. Particularmente para mí,  un diseñador con pretensiones de artista en este siglo XXI.

A  priori, pareciera ser que aquellos cuyo quehacer es el hacer obras, ya sean estos artistas plásticos, diseñadores o arquitectos nos quedamos en tierra de nadie, en un espacio baldío de caos e indefinición.

En estos primeros capítulos, Danto se muestra de acuerdo con H. Belting y su teoría publicada en La imagen antes de la era del arte, donde señala que las imágenes creadas antes de 1400 d.C. no correspondían a una concepción artística tal y como se entendió después del renacimiento. Es decir no fueron concebidas con un propósito artístico, ya que este concepto no había aparecido en la conciencia colectiva.

Es decir, y Danto así lo presenta en este texto; estás imágenes particularmente las piadosas serían fruto de un especie de “milagro” como la imagen de Cristo en el velo de Verónica, o tal vez la ahora polémica imagen del sudario de Turín.

Sin embargo el concepto de Artista emerge en este periodo con mucha fuerza, tanto así que Giorgio Vasari, escribió un libro de las Vida de los artistas en 1550. Y luego León Baptista Alberti elaborará El tratado de la pintura como un modo de encasillar el arte en un quehacer concreto y absolutamente mensurable.

Este nivel de conciencia artística durará hasta la segunda mitad del siglo XX, cuando en 1964 Andy Warhol, en pleno advenimiento del arte pop presenta su obra “Brillo Box”.

Danto formulará con ese acontecimiento una especie de frontera para la narrativa artística que había obedecido a distintos cambios y motivaciones de carácter filosófico o social. No obstante ello; el autor necesitó de dos décadas para expresar su sentencia como una teoría que cobra validez en lo que ahora llamamos un periodo posthistórico.

Esta observación se sostiene en el juicio de muchos críticos que coinciden en una especie de agotamiento del arte en las últimas tres décadas en el sentido en que las obras “de arte” ya no son parte de una “nueva” narrativa que continúe de la anterior, dado que el concepto de historia en la que el arte era parte ha cambiado definitivamente.

En este nuevo espacio histórico, que llamamos contemporaneidad, las obras de artistas quedan siempre referidas a un tiempo pasado, directa o indirectamente tal y como lo definiera el surrealista germano – francés,  Max Ernst. “Un collage, donde dos realidades distantes se encuentran en un plano ajeno a ambas”.

Es decir, el gran espacio del museo de la historia del arte es hoy un campo disponible para un reordenamiento constante en la conciencia artística; si así podemos llamarla, de artistas, movimientos y vanguardias.

En el arte moderno aparece una nueva manera de representar el mundo, con la aparición del “yo” en la conciencia de la sociedad. Es decir y a partir de Descartes, el mundo es tal y como el pensamiento humano puede concebirlo.

Este modernismo no es un movimiento estilístico, es en realidad un ascenso en un nuevo nivel de conciencia donde la representación mimética ya no es tan importante como la reflexión sobre el modo de representar. En este sentido Van Gogh y Gauguin son los primeros pintores modernistas para Danto discrepando de la postura de Greenberg y que postula a Manet con ese título.

Una visión apocalíptica

La convulsionada década de los 80’s debe haber inquietado a Arthur Danto. La pesada sombra de la guerra fría antes de la publicación de su libro generaba oscuras expectativas para el mundo occidental y el arte no se sustraía a esos acontecimientos, corroborando esta visión pesimista.

Era una época de profundas divisiones ideológicas, dónde el fantasma de una confrontación atómica mundial o de regímenes totalitarios campeando sobre la faz del mundo estaba a punto de cumplirse.

Sin embrago, y para sorpresa del mismo Danto,  la promesa literaria de Georges Orwell, lanzada a la imaginación en su libro 1984 no se cumplió. Como lo expresa al decir “que el evento más importante del año, fue un no evento” (Danto, Arthur. Después del fin el arte) comparando esa situación con la ocurrida en el año 1000, cuando la humanidad esperaba el fin del mundo y este de manera evidente no aconteció.

El fin del arte ya había ocurrido aunque la percepción de este suceso no tuvo ningún eco dramáticamente visible. No se derrumbaron los museos, ni se incineraron las grandes colecciones artísticas. Y es más, grandes exposiciones de arte se pasearon por el mundo como señales de buena voluntad y confianza después de la caída del muro de Berlín en 1989.

Danto ubica este último suspiro artístico 1964, con la exposición de Warhol en la Stable gallery de Manhattan. Pero no lo propone como un juicio crítico, si no, más bien como un juicio histórico objetivo.

Pero la mención que Danto hace de la novela de Orwell 1984, no es casual ni antojadiza aunque la vea como un hecho que no ocurrió y bajo su punto de vista no ocurrirá. Esta novela de ficción nos sitúa en una sociedad oprimida por un régimen totalitario de carácter político con un perfil en el que se fusionan varios regímenes como el Nazi, el fascismo y el stalinismo en su época más dura.

Una sociedad ambientada en una Inglaterra de postguerra, desoladora y oscura. No obstante, lo esencial en la sociedad descrita en la novela es la opresión y la falta de libertades, particularmente económicas y del pensamiento. La exacerbada vigilancia que el régimen imponía a esa sociedad nos acerca vertiginosamente a la actual sociedad de la información que a través de supra-sistemas está omnipresente en la vida de la personas. Si bien es cierto estos supra-sistemas aun pueden ser mirados positivamente, hay algunos elementos que se aproximan a ese estado opresivo donde el control de la fracción más poderosa vigila, decide y presiona al resto de la sociedad.

Las bases de datos de los conglomerados empresariales, el aparato de vigilancia urbana, las redes sociales y los procedimientos de vigilancia policial que se han heredado de la guerra fría y de los regímenes políticos que aún imperan, no dejan de ser síntomas de un fenómeno social que al menos puede producir notorias sospechas de similitud entre nuestra sociedad de la información y la sociedad descrita en 1984.

A esto hay que agregar que los medios de información y comunicación, específicamente la televisión en todo el mundo ha implementado diversos tipos de programas que se basan en el aberrante método ideológico del “gran hermano” como una entidad omnipresente de carácter místico y sectario. En estos espacios llamados “reality shows” los “jugadores” buscan resistir con diversos talentos o capacidades el transcurso de una vida en cautiverio en el que se someten a la permanente vigilancia y la realización de pruebas de supervivencia del más diverso orden y cuya finalidad es entretener al resto que los mira desde su televisión en cada hogar, con la posibilidad incluso de decidir sobre el destino de estos “jugadores” según las más variadas motivaciones. A este sistema de “entretención” se suman otros medios de información, auspiciadores y patrocinadores de las cadenas televisivas agrupando a una gran cantidad de involucrados generando un verdadero complejo de red, donde la sociedad queda atrapada ineludiblemente.

Si bien aún existe la posibilidad de elegir apagando o no, la pantalla de la televisión, existen otras formas de degradación social que enfrentamos día a día menos perceptibles y sobre los cuales la posibilidad de elección es aún menor. Estas son las leyes impuestas por el consumo en una sociedad capitalista y la degradación del lenguaje.

 

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Cuadro del film 1984 de Michael Radford, basado en la novela homónima de Georges Orwell escrita en 1948

El lenguaje que desaparece

Citando a Ricoeur, “El lenguaje ya no aparece como la mediación entre mentes y cosas. Constituye un mundo en sí mismo” (Ricoeur, Paul. Teoría de la interpretación). En este sentido, podemos volver a la novela de Orwell donde existe un manejo del lenguaje por parte del régimen totalitario y que impone a la sociedad. La “Neolengua” es un nuevo diccionario de vocablos permitidos, que rige la comunicación, donde una gran cantidad de términos que han desaparecido, de tal modo de eliminar esos conceptos de las mentes de las personas. Existe también la fusión de términos que dan origen a nuevos conceptos o entidades nombradas de tal modo que los conceptos tal y como existían antes, también desaparecen a favor de los nuevos conceptos. Como por ejemplo. Miniver, (Ministerio de la verdad), donde el protagonista es el encargado de reescribir la historia, o mejor dicho de censurarla y tergiversarla según la orientación del partido. Éste, en un arrebato de rebeldía comete un Crimental (Crimen mental) al revelarse contra el sistema, sosteniendo una relación amorosa no permitida.

Existe además una inversión del significado de las cosas como un modo de concientización. Por ejemplo: “Guerra es paz” La guerra es una manera de perpetuar la paz. No importa contra quien, lo importante es que dure. “Ignorancia es fuerza”, la ignorancia de las masas es la fuerza productiva, además mantener las masas en la ignorancia  es una forma de evitar las rebeliones.

Este fenómeno de desaparición de conceptos, y de fusión de términos lo podemos ver en nuestro tiempo, con el uso del lenguaje en las nuevas tecnologías (chat, sms, skype) con una clara tendencia a abreviar las palabras. Lo vemos presente en el uso de publicidad engañosa como forma de favorecer el consumo. Con el uso de abreviaturas de términos como forma de acortar su tiempo de dicción. Y particularmente de hacer aparecer estas siglas como la cara visible de conglomerados abstractos donde los que están detrás son entes y no personas.

La muerte de la narrativa del arte

Desde que Vasari, define por así decirlo el mundo del arte, este quehacer se orienta en una determinada dirección narrativa la que colapsa en el siglo XX, con el advenimiento del arte abstracto donde ir en otra dirección como lo hizo el surrealismo era quedar fuera de los límites de la historia según Greenberg, quien lo plantea como una forma de regresión estética que a todas luces perdía la pureza narrativa que había determinado Kant en su Crítica de la razón pura cuando sentencia que “el arte puro, será el arte aplicado al arte mismo”. El surrealismo interesado en los sueños era una muestra de impureza artística que no era parte de la modernidad, a pesar de ser arte contemporáneo.

Así, este arte contemporáneo además de ser arte realizado en la actualidad es un arte de características impuras donde no existe posibilidad alguna de definir una dirección narrativa.

Dicho de otro modo y recurriendo al ejemplo que Danto menciona, no podemos diferenciar con claridad el “Brillo box” de Warhol, con las cajas de Brillo de los supermercados. Por otra parte en innumerables casos de arte conceptual incluso se prescindía de obra material, siendo la idea, lo fundamental en esta expresión. Es decir desapareció el lenguaje de la representación, así como en un determinado momento también desapareció lo que entendíamos por belleza.

Surge la pregunta entonces; ¿Qué es lo que hace de un objeto, una obra de arte? Esta pregunta ya no la podían contestar los artistas, si no, más bien los filósofos.

Por último el artista se volvió un hacedor de cosas en distintas plataformas y en distintos canales creativos utilizando una multiplicidad de medios de expresión. Un pluralismo estructural que se escapa de la narrativa progresiva de Vasari y Greenberg y solo una multiplicidad de “neolenguajes” que no convergen.

Conclusión

Esta reflexión sobre el fin del arte, que Danto propone y que responde a claros síntomas advertidos por otros historiadores, tal vez necesite colocarse en un contexto de acontecimientos mundiales para ser entendido y asumido como un hecho.

Claramente este nuevo escenario “posthistórico” del arte se entrelaza con una realidad que aflora tanto en los acontecimientos políticos y sociales en occidente a la cual se suman las potencias de oriente que han intervenido en el ámbito artístico en las últimas décadas como Japón, China, Corea e India. Entonces y según esto existe un nuevo contexto globalizado que se ha generado a partir de los mercados del arte, y que va desde lo decorativo hasta las expresiones conceptuales sin que tenga que existir por así decirlo, un arte de vanguardia. Hay mercado para todo; podríamos pensar.

Sin entrar a especular en este tema, pero si advirtiendo que las políticas económicas son las que rigen el mundo actual, no se puede sustraer el arte como una actividad humana a los movimientos económicos, o mejor dicho, a la óptica de ese mundo aplicada en toda la humanidad.

Este espacio ya no definido por el arte, si no por otros neolenguajes ya sean filosóficos o económicos configuran a un nuevo artista que debe expresarse en multi-contextos o multi-plataformas creativas, que aunque no correspondan a la idea de arte definida por Vasari y que permanece hasta la década del 60. Seguirá siendo un creador que ofrece su obra al mundo. Esa lectura la tendrán que hacer los críticos, los historiadores o los filósofos elaborando alguna teoría que permita su comprensión así como lo hicieron en su momento para interpretar el Arte que iluminó las cavernas en los lejanos albores de la humanidad.

 

Bibliografía:

Danto, Arthur. Después del fin del Arte. Paidos 1999

Ricoeur, Paul. Teoría de la Interpretación. Editorial siglo XXI. 2006

Gombrich, Ernest. Historia del Arte. Phaidon, 1997,

1984 Film de Michael Radford, basado en la novela homónima de Georges Orwell. 1984

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