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Mateo Valderrama

La intervención norteamericana en Chile 1970 (primera parte)

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Richard Nixon, Presidente de los E.E. U.U.; Henry Kissinger, Secretario de Estado y Edward Korry, Embajador norteamericano en Chile 1967 - 1971.

Estados Unidos y Chile. Los actores en el escenario

El 4 de Septiembre de 1970, Salvador Allende resulta triunfador en las elecciones presidenciales en Chile, confirmando los temores de la administración Nixon generando un radical cambio de postura en las relaciones de Estados Unidos respecto de Chile. El escenario y las circunstancias relatadas a continuación determinaron el inicio de los acontecimientos que configuraron el fin del gobierno de la Unidad popular y un episodio singular en las relaciones comerciales y políticas entre ambos países.

En el contexto de la a Guerra Fría en América Latina, el enfrentamiento entre Estados Unidos y la Unión Soviética se libró en varios frentes. A partir del triunfo de la Revolución Cubana en 1959 y el fallido intento de invasión por parte de Estados Unidos sobre Cuba, la inclusión de la isla en la esfera de influencia soviética se produce un incremento de las organizaciones guerrilleras hasta finales de los 60’s con objetivos anticapitalistas, entendiendo por ello la independencia política frente a Estados Unidos.

El entusiasmo por el ejemplo cubano había florecido en varios países incluyendo Chile, particularmente por la gran desigualdad económica que padecía una buena parte de la población latinoamericana. La promesa de libertad e igualdad revolucionaria y el anhelo de un mundo mejor, se mantuvo latente en el continente que abrigaba la esperanza de un cambio real en las políticas de sus países.

Estados Unidos contraataca con la propuesta de la “Alianza para el Progreso”; iniciativa de la administración Kennedy que pretendía un esfuerzo serio de modernización de la infraestructura en los países de Latinoamérica y mejorar las condiciones de vida de sus habitantes.

Inversión que se traducía en una inyección de recursos del orden de los dos mil millones de dólares anuales por un plazo de diez años, asegurando un crecimiento per cápita de 2,5% anual.

La Alianza para el Progreso, se mostró exitosa en el comienzo, permitiendo proyectos como la Reforma Agraria, y significativos cambios en Educación y Vivienda. Sin embargo no logró un rápido desarrollo en el continente. El excesivo control de parte de Estados Unidos y ciertas condiciones comerciales de carácter expansionista de la industria exportadora estadounidense sobre el suelo latinoamericano le quitaron fuerza al proyecto. Tras el asesinato de JFK, la política exterior de Estados unidos volvió al carácter imperialista y los contactos habituales con sectores conservadores, así mismo como con las Fuerzas Armadas de cada país percibidas como un bastión anticomunista contra la perniciosa influencia revolucionaria impulsada por Castro y el Che Guevara.[1]

Pero el interés económico en Chile de parte de Estados Unidos data desde 1904 cuando los primeros yacimientos cupríferos  eran explotados por capitales norteamericanos constituyendo verdaderos enclaves en territorio chileno. Ese año se inicia la explotación del Mineral el Teniente por la Braden Copper Company y algunos años más tarde la Anaconda Copper Company,  la inicia en Chuquicamata.  La relación entre estas empresas y el Estado chileno, estuvo marcada desde la segunda mitad del siglo, por sucesivas controversias relacionadas con aumentos de impuestos, el precio del cobre y las inversiones.[2]

No obstante, la relación tributaria y comercial; la primera intervención política se produce después del terremoto de 1960 bajo la administración del presidente Eisenhower, que condiciona su ayuda para la reconstrucción si el Presidente Jorge Alessandri no acepta introducir una reforma agraria a lo que Alessandri se negaba y finalmente tuvo que aceptar. Después de la llegada del Clan Kennedy a la Casa Blanca, el impulso sobre la reforma agraria propiciada por el gobierno de Eduardo Frei Montalva, solo se aceleró. [3]

Las relaciones entre los gobiernos de Frei y Kennedy marcharon sobre ruedas, aun después de la muerte de JFK, las relaciones entre Estados Unidos y Chile se mantuvieron cordiales y de total colaboración y diálogo. La percepción de Chile para Estados Unidos era de seriedad y equilibrio Político. Equilibrio que se rompe cuando la ya conocida figura electoral de Salvador Allende se perfila como un posible ganador de las elecciones presidenciales de 1970.


[1] (Aylwin, Bascuñán, Correa, Gazmuri, Serrano, & Tagle, 2002)

[2] (Memoria Chilena)

[3] (El embajador Edward Korry en el CEP, 1996)

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Clodomiro Almeyda, Canciller Chileno del gobierno de la Unidad Popular. Salvador Allende, Presidente de Chile y el General René Schneider, Comandante en Jefe del Ejército. Asesinado en 1970.

El Chile de Allende, una nueva amenaza en el continente. La imagen de Chile para Estados Unidos

Salvador Allende Gossens obtiene la mayoría en la elección presidencial con 36,2% de los votos frente a los otros dos candidatos, Jorge Alessandri de la Derecha y Radomiro Tomic, de la Democracia Cristiana. El candidato de la Unidad Popular se presentaba por cuarta vez a la contienda electoral. Y esta vez había resultado ganador por mayoría simple. Pero el Congreso debía ratificarlo dado que la suma del voto opositor era de 62,7 % del universo electoral. Tradicionalmente el Congreso daba ganador a quien obtenía esta mayoría, por lo cual se esperaba el triunfo del candidato de la Unidad Popular.

Edward Korry, embajador estadounidense en Chile desde 1967 - 1971, nombrado originalmente por Kennedy informaba:

“Chile votó con calma para tener un estado marxista-leninista. La primera nación del mundo en hacer esta elección libremente y con conocimiento. Su margen es de solo 1%, pero es lo suficientemente amplio en el marco de la constitución chilena como para asegurar su triunfo como definitivo. No hay razón para creer que las Fuerzas armadas Chilenas desaten una guerra civil o para que algún otro milagro se interponga para anular la victoria…   

…Tendrá un efecto muy profundo en América Latina y el resto del mundo; hemos sufrido una grave  derrota, las consecuencias serán internas e internacionales; sus repercusiones tendrán efectos inmediatos en algunos lugares y más retardados en otros.”[1]

El tono pesimista del informe del embajador deja entrever lo que significaba el triunfo en las urnas de un caudillo marxista en América Latina, su inevitable alineamiento con Cuba y la Unión Soviética definía los pasos a seguir respecto de Chile. En esos días de Septiembre de 1970, el caso Chileno y particularmente la figura de Allende era revisada en un comité interdepartamental de la Casa Blanca que observaba el hecho en el contexto de la alianza de Moscú y el Cairo rechazando las protestas por el cese del fuego en el Medio Oriente y una fuerza naval soviética estaba en camino de Cuba hacia la base de submarinos nucleares. Allende representaba además una ruptura en la tradición democrática chilena y el tercio que lo dio ganador no era representativo de los abruptos cambios y la transformación irreversible de las instituciones políticas y económicas que él estaba decidido a efectuar.

Allende líder de una coalición política entre el partido Comunista y el Socialista, además de otros partidos menores, se había comprometido en su programa a destruir el sistema presente y producir cambios revolucionarios profundos. Denunciaba la explotación imperialista y los monopolios norteamericanos. Reclamaría la expropiación de la tierra, las industrias básicas, el sistema bancario y un sistema educacional radicalmente transformado, además de un plan nacional para promover la cultura popular. Condenaba la agresión norteamericana a Vietnam, declaraba la solidaridad con la Revolución cubana y la construcción del socialismo en América latina.

Declaraba a la OEA, como un agente y una herramienta del Imperialismo norteamericano. Fue uno de los fundadores de la Organización de la Solidaridad Latinoamericana cuyas funciones básicas eran la coordinación y el sostén de las luchas de liberación en todo el continente. Declaró “Cuba en el Caribe y un Chile socialista en el cono sur harán la revolución en América Latina”[2]

Según Henry Kissinger, Secretario de Estado durante la administración Nixon, expresa en sus memorias:

“Lo que nos preocupaba acerca de Allende era su proclamada hostilidad hacia los Estados Unidos y su patente intención de crear Cuba en el continente. La nacionalización de las propiedades de los norteamericanos, no fue el problema. Nunca objetamos el principio de la ley internacional que permite las nacionalizaciones por razones de interés público. Nuestra preocupación por Allende estaba basada en la seguridad nacional y no en la economía. Dos anteriores administraciones norteamericanas habían declarado que un gobierno de Allende estaría en contra de los intereses norteamericanos. Nuestra conclusión en 1970 fue sustancialmente la misma.”[3].

Allende había sido declarado Persona non grata.

A pesar que Kissinger niega una intervención directa sobre los acontecimientos chilenos. El embajador Korry devela otras acciones (ver el punto 4.), distintas de la aparente marginalidad mantenida por Estados Unidos respecto del gobierno allendista desde el principio, es decir desde antes que Allende si quiera, ganara las elecciones de 1970.

En respuesta a cable enviado por el Departamento de Estado del 5 de agosto de 1970, el embajador Korry señala: Que Allende se mantendrá prudente en el frente interno, para manejarse dentro de un marco de constitucionalidad y legalidad. Sin embargo, respaldará políticas en que:

“el imperialismo norteamericano será tratado como enemigo público número uno en el hemisferio. Aparte de la nacionalización de las industrias estadounidenses, la eliminación de la influencia de Washington en el país, el reconocimiento de China, Corea del norte, Alemania oriental, Vietnam del norte y del Frente Nacional de liberación, etc., que de sí harían prácticamente imposible un modus vivendi para Estados Unidos.”[4]

Además previene a Washington de un clima de caos, si es que Allende era derrotado con secuestros a los ciudadanos norteamericanos funcionarios de la AID. Y agrega que da por sentado que Estados Unidos se enfrenta a una confrontación de facto en torno al tema del cobre y que el gobierno de la Unidad Popular podría llevar a cabo las primeras etapas de la revolución sin necesidad de apartarse de la legalidad o de la constitución.

Korry advierte que existen presunciones que el proceso del “férreo control marxista”[5] avanzará lo suficientemente rápido para excluir la necesidad de celebrar elecciones en 1976 y así eternizarse en el poder.

El énfasis del embajador Korry a través de todo su documento está puesto en los aspectos políticos, y del significado de Chile como un enclave marxista en el cono sur de América, pero también advierte en repetidas ocasiones que Allende cerrará las puertas a cualquier inversión de tipo comercial en Chile, tratando de alejar al pueblo chileno lo más posible de cualquier tipo de influencia foránea, alejando al comercio chileno de las inversiones privadas estadounidenses. Al mismo tiempo asegura que no existe peligro, ni amenaza desde el punto de vista militar para Estados Unidos, aunque debe considerarse la victoria de Allende como una derrota para Washington.


[1] (Kissinger, 1979)p.455

[2] (Kissinger, 1979)p.455

[3] (Kissinger, 1979)p.456

[4] (Korry, 1996)p.329

[5] (Korry, 1996)p.342

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